domingo, octubre 23, 2005

No hay más.


No hay más que sumergirse… en hojas roñosas, bajo la pluma del pesar y besar las estrofas del incierto paradero de nuestras lágrimas, que así como nacen, mueren en el intento de existir… es como la palabra lágrima, que se extienden bajo la cornisa porosa y se vuelven surrealistas al acariciar la pesadumbre de la subsistencia, temblando como entes, queriendo ser no siendo, siendo no ser, pero presentes, titubeando un bosquejo indefinido, amedrentadas por el presente no escrito o escrito con letras ininteligibles sobre el regazo de la estipulación.
No hay más que dejarse… dejarse en el paradero de la lluvia copiosa y seca, dejarse en la niebla de lo implícito y tácito, dejándose ver, pero no dejándose llevar, ya que las luces llaman, la estirpe involutiva te acaece con lamentos y ataques de dignidad indignos y superfluos… ¿qué hacer? Es la tierna sombra de la nobleza que hace sentirse humano, como llorar sin hacerlo en el lugar del homicidio premeditado de las constantes palabras y hechos, desechos en sinceridad, opacados en expectativas, desdeñados de situaciones reales.
No hay más que continuar… con la novela del más agónico realismo y seguir siendo protagonistas hundidos en el diario vivir, acabando los días, las horas, las palabras hasta la concesión de la muerte, que se nos avecina de manera indudable y concreta y que por mientras lucharemos con el denso antagonismo de la vida, que nos consume y explora, que nos remece y nos quita, que nos ahoga y desahoga, que nos envuelve y desenvuelve, así como capullos vacíos, aferrándonos a lo que mañana se va.
No hay más que escuchar… el silencio sordo que grita y grita, que nos habla, que nos conversa y nos cuenta, nos cuenta eso que no sabemos, porque quien no escucha el silencio está sordo y por ser sordo escuchamos las bajezas dejándonos llevar por una ilusión, que se ilusiona con llevarnos a esa solana indiferente que termina, después del calvario, en el lugar del homicidio cierto de nuestras voces.
No hay más que callar… porque la vida habla sola, nos habla y nos enseña, nos educa y nos conmueve, nos atrapa y nos obliga a seguir corriendo por los callejones del mundo para que el tiempo, el pasado, no nos alcance y no nos envuelva en su manto añejo. Así es. Callar porque nuestro cuerpo habla por sí mismo, empujándonos a dar un paso al suelo inexistente más allá de nuestros pies. Ese futuro. Que tampoco existe. Aunque lo grave es que se encuentre la posibilidad de que si exista, que se haga real, con nosotros como protagonistas de la incierta pesadumbre redundante en tratar de dar nuevamente otro paso al suelo que no se ve. Callar.
No hay más que conmovernos… con el abrazo de la vida, que nos energiza tiernamente entregándonos lo que nunca podríamos haber pensado, sensibilizándonos con el paradigma intrínseco, allanado por los placeres pasionales alejados ciegamente de la órbita de la razón. Ese abrazo, cálido y fraternal, sembrador de la semillita en nuestro corazón, que convierte nuestros campos en esmeraldas fantásticas e infinitas. Ese abrazo, que nos mitiga las neuronas y nos hace hervir la sangre.
No hay más.

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