domingo, septiembre 11, 2005

Una tierna noche rutinaria


(Una noche como todas... de las que todos queremos disfrutar. No es más que exacerbar la pasión por el sexo opuesto).
Me gusta la lluvia. Me gusta cuando llueve torrencialmente y todos corren a cobijarse dentro de sus respectivos abrigos incondicionales, las aves bajo alguna acondicionada cornisa, que, dentro de su coraza resguarda hogares, y ellos, familias acurrucaditas cerca de algún calor y/o bajo las frazadas en una acogedora cama también muy abrigada. “¿Yo?, yo corro hacia ti”. Me acuesto con mi cuerpo entumecido a su lado y siento el calor de su piel, su cariñoso abrazo apretándome muy fuerte. Mi cabeza apoyada en su pecho saboreando el primoroso aroma a flores, una dulce esencia que emana en mí unos deseos irresistibles de besarla, besarla en su pecho descubierto, saborear sus hombros acercándome pausadamente a su cuello fino que hace juego a su desnudez, rozando mi nariz con su desparramado y más que ondulado cabello... “Me haces cosquillas...”. Su cuello es extremadamente utópico. Con mis labios envuelvo discretamente su lóbulo derecho y lo beso apaciblemente como si fueran sus labios, una mano acariciaba su rostro, y ella, buscaba con sus labios mi pulgar y lo besaba tan superficialmente que parecía solo un roce, mi otra mano recorría sus caderas desde su ombligo, de lado a lado, hasta el comienzo de la gloria. El ambiente, abrumado por el calor impaciente que comienzan a emanar nuestros cuerpos. Ella susurra en mis oídos murmullos de satisfacción todavía insaciables y ansiosos de seguir, el murmullo armonioso que dicta en mis oídos parece atravesar todo mi cuerpo, mientras que yo también atravieso su cuerpo. Ya en esos momentos de placer infinito beso el color rozado de la cima de sus montañas. El vaivén de mis caderas coordinado con sus caderas se torna cada vez más escalofriante, llegando a su punto culmine. Sus manos esparcen el sudor de mi espalda, yo esparzo el sudor de sus piernas, ella desordena mi cabello, mis yemas acarician sus labios bajando por su cuello lentamente, sigo bajando y me detengo en uno de sus montículos, utilizando mis palmas para moldearlo. Ella goza, cierra sus ojos, y su respiración aumenta con exabrupto persuadiendo mi placer íntimo a lo explícito, apurando mi agitación sofocadora, tórrida, sintiéndome en el aire, regocijándome, regocijándonos... mi adrenalina aumenta... la sangre hierve... el roce de nuestros pubis alcanza un deseo inefable... nuestra velocidad aumenta... el clímax se expande, me abate, me hace soñar, me hace alcanzar el horizonte, tocar las estrellas, quemarme con el fuego de su cuerpo... caigo a tierra, estoy en su cama, con ella, desvanecidos, abrazados como si fuéramos uno. Ya no hay estrellas a mi alrededor ni horizonte que alcanzar ni sueños que exacerbar ni deseos que exhortar. Ya no hay lluvia, ya no hay que abrigarse, ya no hay aves bajo las cornisas, ya no hay familias acurrucaditas, hay que recuperarse porque las nubes otra vez están negras, parece que va a llover.

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